¿Estudiantado o precariado?
El grueso de esta ponencia fue desarrollado hace ya varios años, cuando me desempeñaba como investigador en la federación de estudiantes de la Universidad Tecnológica de Sydney (UTS), y constituye parte del trabajo teórico de un grupo de activistas estudiantiles y del movimiento altermundista, abocados a la reconstrucción de algunas categorías marxistas con el objeto de entender la relación entre intelecto y trabajo en el contexto de la sociedad post-industrial globalizada. Las siguientes reflexiones no son el producto de una investigación empírica sino una serie de intuiciones que derivaron de mi experiencia como activista y mi participación en algunas redes globales de debate del movimiento altermundista, así como de las observaciones y conversaciones con compañeros en mis últimos tres años viviendo en Chile.
El eje central del argumento que desarrollamos es que los procesos de privatización y desregulación de la educación universitaria que se ha venido imponiendo en diferentes lugares del globo en los últimos veinte años, no están asociadas a decisiones de orden puramente económico dirigidas, como comúnmente se sostiene, a hacer de las universidades más eficientes en la gestión de sus recursos. Las relaciones económicas bajo el capitalismo están constituidas desde dentro por relaciones de coerción y antagonismo, la educación mercatilizada no es una excepción en el orden liberal y post-industrial de hoy.
La privatización de la educación terciaria en curso desde los años 80 siempre apunto estratégicamente descomponer y destruir al movimiento estudiantil como terreno de constitución de subjetividad revolucionaria. Es importante entender que la fortaleza política del viejo movimiento estudiantil se construyó sobre una configuración específica de relaciones sociales dentro del campus universitario, y entre éste y el resto de la sociedad. La debacle del activismo universitario esta enraizado en un proceso de cambios drásticos dentro de esa configuración. Mi hipótesis de investigación es precisamente que la desregulación de las universidades fue en el fondo una desregulación social del estudiantado como modo de vida, empezando a crear una nueva composición de clases que es coherente con los procesos de precarización laboral que han ocurrido en otras esferas de la sociedad. Como resultado de la transferencia en los costos de la educación desde el Estado hacia el estudiante y sus familias, así como la precarización en las condiciones de estudio y el galopante stress estudiantil, los estudiantes hoy buscan pasar por la universidad de la manera más barata y rápida posible. La desregulación y la austeridad han forzado a un número no menor de estudiantes a incorporarse a formas de empleo casual o de media jornada como manera de financiar sus estudios y las nuevas formas de vida asociada a éstos. La extensión e intensificación del trabajo estudiantil que ha resultado de estos cambios, ha significado en términos concretos una reducción en el ciclo vital disponible para que el estudiante pueda involucrarse en activismo político en la universidad.
Esto no significa que la organización política por parte de los estudiantes es imposible. El desafío radica más bien en descubrir las formas políticas y organizacionales que se ajusten de manera adecuada la nueva composición clases del cuerpo estudiantil. O, para ponerlo en términos más dialécticos, los activistas de izquierda en el campus universitario necesitan examinar con más seriedad el nuevo mundo de la educación superior donde están operando políticamente, de manera de poder encontrar modelos de acción política que generen su poder movilizador desde las mismas condiciones sociales y ontológicas que marcan la decadencia del viejo movimiento estudiantil. Por ejemplo, el creciente vínculo entre el mundo universitario y el mundo de la empresa privada, por un lado, y la integración entre la vida estudiantil y la vida de trabajo, significará talvez, que en un futuro no muy lejano las federaciones estudiantiles deban transformarse en una especie de sindicatos postmodernos, los cuales deberán movilizar y representar a los estudiantes frente a entidades empresariales alrededor de reivindicaciones que una vez fueron asociadas exclusivamente con el movimiento obrero tradicional, como es el tema salarial y de condiciones de trabajo. Las recientes movilizaciones en Francia demuestran la creciente interacción, no sin sus tensiones, entre el cuerpo estudiantil, el cuerpo sindical y el cuerpo marginal de los suburbios. Las luchas de los estudiantes franceses giran alrededor de demandas de orden laboral y de resistencia a la precarización del trabajo, a diferencia del Mayo del 68 donde las luchas estudiantiles nunca lograron una sincronía y alianza con las lucha de los obreros en las fábricas, y se concentraron en demandas de orden democrático, educacional y curricular.
La gran mayoría de activismo estudiantil no ha desarrollado ninguna perspectiva ni tomado posición ante la nueva composición de clases del estudiantado, careciendo de un entendimiento acerca de lo que constituyen los nuevos caminos para actividad política en la universidad. Uno de los mayores obstáculos en el desarrollo de este entendimiento es el peso ideológico de tradiciones políticas moribundas en el seno del movimiento estudiantil como son el leninismo, el anarquismo y la social-democracia. Aunque hay evidentes diferencias entre estas corrientes, todas convergen en entender el cuerpo estudiantil como trampolín táctico para la toma del poder o para organizar a un sujeto revolucionario que existe fuera del ámbito de la universidad. Desde este punto de vista, no existe una gran necesidad de preocuparse por las grandes complejidades de organización de los estudiantes porque se presume, erróneamente, que los agentes del cambio político están siempre en lugares que no son el campus universitario, como en el parlamento, en los sindicatos, en el campo o las poblaciones marginales.
Sobre la base de un análisis de la cambiante composición de clases del cuerpo estudiantil, esta ponencia busca poner en cuestionamiento esas visiones. Quisiera argumentar que la restructuración capitalista de las universidades, incluyendo el proceso de privatización, ha transformado el cuerpo estudiantil de un simple apéndice del tan llamado movimiento obrero y popular a un sector crucial en la configuración de un nuevo y complejo movimiento laboral que hemos dado el nombre de precariado. El punto central de esta ponencia será sostener que las universidades no funcionan simplemente como espacios de profesionalización, pero sobre todo como espacios de proletarización y precarización y por ende de nuevos tipos de cooperación social y resistencia.
La universidad de masas
Por cientos de años, las universidades fueron fundamentalmente instituciones dirigidas a la capacitación para los hijos y funcionarios de las clases poseedoras. Con el objeto de asegurar control sobre la fuerza laboral, su papel fundamental fue la de reproducción intelectual del personal profesional y empresarial necesario para dirigir la industria y el Estado. En el transcurso del Siglo XX, sin embargo, las instituciones de educación superior han modificado sustancialmente su relación con el mundo de los negocios, el Estado y la clase obrera misma. El desarrollo de la educación de masas durante las post-guerra significo que las instituciones terciarias, incluyendo las institutos técnico profesionales, ya no hacen de su preocupación fundamental la reproducción de los funcionarios e intelectuales de las clases empresariales, pero se abocan a la reproducción de una clase obrera altamente calificada destinada a cumplir los requerimientos de los complejos y sofisticados procesos de producción de la nueva sociedad post-industrial.[1]
Más aún, en la medida que el proceso de desregulación neo-liberal de la educación se desarrolla a partir de los años 80, la provisión de conocimiento y educación ya no está sólo dirigida a la entregar un mayor valor agregado a una nueva clase obrera en formación, pero se transforma derechamente en mercancías por medio de la privatización de las universidades y la lucha competitiva entre investigadores por fondos de financiamiento privados o estatales. Bajo el neo-liberalismo, la universidad ha dejado ser un aparato de reproducción de la clase dominante, para transformase en una empresa capitalista en su propio derecho, un verdadero nuevo medio de producción entregando al mercado dos mercancías fundamentales: conocimiento y la fuerza de trabajo de un nuevo proletariado cognitivo y a su vez precario.
La economía política del trabajo estudiantil
La cercanía de los estudiantes universitarios a los medios de producción es evidente. Su condición social no puede ser reducida, como lo hace el marxismo tradicional, a la noción de un “estrato social en transición” a la espera de transformarse en proletario o burgués. Desde el Mayo del 68 a las movilizaciones estudiantiles contra la dictadura en Chile, y las luchas contra la precarización laboral en Francia, las mayores rebeliones universitarias han demostrando ser un interrupción fundamental del flujo estable y dócil de fuerza laboral hacia el mercado, incorporando una nueva variable al ciclo empresarial y las maneras en que el capital planifica y organiza sus inversiones futuras. Para el mundo empresarial, es una causa de gran preocupación que los futuros técnicos, profesores, periodistas y enfermeras entre otros, estén movilizándose en la calle, antes de ingresar formalmente al mercado laboral. Masas de trabajadores incorporándose al empleo después del enorme aprendizaje político que son las lucha estudiantiles son un factor de desestabilización que el capital necesita confrontar por medio de políticas de control y co-opción tanto a nivel del campus como de los lugares de empleo.
La cercanía de los estudiantes universitarios a los medios de producción es evidente. Su condición social no puede ser reducida, como lo hace el marxismo tradicional, a la noción de un “estrato social en transición” a la espera de transformarse en proletario o burgués. Desde el Mayo del 68 a las movilizaciones estudiantiles contra la dictadura en Chile, y las luchas contra la precarización laboral en Francia, las mayores rebeliones universitarias han demostrando ser un interrupción fundamental del flujo estable y dócil de fuerza laboral hacia el mercado, incorporando una nueva variable al ciclo empresarial y las maneras en que el capital planifica y organiza sus inversiones futuras. Para el mundo empresarial, es una causa de gran preocupación que los futuros técnicos, profesores, periodistas y enfermeras entre otros, estén movilizándose en la calle, antes de ingresar formalmente al mercado laboral. Masas de trabajadores incorporándose al empleo después del enorme aprendizaje político que son las lucha estudiantiles son un factor de desestabilización que el capital necesita confrontar por medio de políticas de control y co-opción tanto a nivel del campus como de los lugares de empleo.
El poder del estudiantado esta enraizado en la participación que los estudiantes mismos tienen en el proceso de producción. Bajo el neo-liberalismo, esa participación lo ha convertido en un componente singular de un nuevo tipo de proletariado. Estructuralmente hablando, los estudiantes son parte de la clase obrera ya que participan en primer lugar de la re/producción de la más fundamental de todas mercancías en la sociedad capitalista: la fuerza de trabajo.[2]
Los estudiantes universitarios están involucrado en un proceso específico de valorización, donde la principal demanda que se ejerce sobre ellos es crearse así mismos como fuerza laboral y por ende en mercancía a ser vendida en el mercado. Si bien los académicos juegan un papel importantísimo en la producción de esta fuerza laboral altamente calificada, el peso del proceso cae fundamentalmente sobre los hombros de los propios estudiantes. La reproducción del estudiantado como fuerza laboral futura es un proceso colectivo que descansa sobre el consumo productivo[3] que hacen estos de su propia fuerza de trabajo inmediata. Por medio de los diferentes tipos de trabajo vinculados al proceso de enseñanza-aprendizaje como es el hacer pruebas, escribir ensayos, lecturas, realizar investigaciones, experimentos de laboratorio, disertaciones, etc., los estudiantes actúan como un factor autónomo fundamental que incorpora nuevas habilidades y saberes a sus existente capacidad de trabajo y de esta manera se diseñan a si mismos como trabajador. En otras palabras, el productor, el producto y el proceso de producción dentro de la educación superior, y en lo que el estudiantado se refiere, no existen de forma separada el uno del otro.[4]
Mientras que el trabajador en una fabrica crea un producto que de manera inmediata se transforma en un objeto separado de su propia actividad productiva, el estudiante universitario crea un producto que no se separa de él o ella hasta que ingresa al mercado laboral y termina por vender su fuerza de trabajo a un empresario capitalista. ¿Pero si esto es así, donde ocurre realmente la explotación económica del estudiante como trabajador?
El costo de la reproducción que el estudiante realiza de su propio trabajo es calculado de la misma manera que el costo de producción de cualquier otra mercancía.[5] Como un producto de la educación y calificación colectiva, el valor real del producto final es medido por el monto de tiempo social gastado en dicha capacitación, el cual incluye el tiempo de trabajo académico, el tiempo de trabajo de los funcionarios, y el tiempo de trabajo estudiantil mismo. Dentro de este proceso, sin embargo, es sólo el trabajo de los académicos y los funcionarios el que es remunerado. Si bien los estudiantes son el factor más importante en su reproducción como trabajadores, no reciben ningún salario por el trabajo que realizan.
La productividad dentro de la educación superior es calculada por el monto de tiempo invertido en la reproducción de fuerza laboral por los estudiantes. Una de las funciones más importante de los académicos es medir, por medio de evaluaciones regulares, el valor que los estudiantes agregan a si mismos a través del proceso de trabajo que involucra el estudiar dentro de un periodo de tiempo socialmente definido. Mientras menos el estudiante se demore en terminar sus estudios, menores serán los costos de reproducción y mayor el valor de su fuerza de trabajo en el mercado.
Tanto en Chile como en otros países, en los últimos años se han introducido estrategias para hacer el paso de los estudiantes por la universidad cada vez más rápidos y más productivo. Una de ellas, por ejemplo, es el que se puede denominar como “aprendizaje flexible”[6], el cual busca reducir a sus grados mínimos la fuerza laboral dentro de la universidad por medio de la introducción masiva de la tecnología y la informática. Bajo la retórica de entregar mayor elección y control individual a los estudiantes en el proceso de enseñanza-aprendizaje, el “aprendizaje flexible” busca hace recaer sobre los estudiantes una porción importante de las funciones que una vez llevaban a cabo académicos y funcionarios administrativos. Algunos ejemplo incluye la matricula vía Internet y el auto-aprendizaje por medio de clases virtuales, con la reducción drástica de la interacción cara a cara entre el profesor y el alumno.
Pero en la universidad neo-liberal, se agrega una nueva dimensión de explotación que se presenta a bajo la apariencia de la contratación de un servicio: los estudiantes no sólo se reproducen a si mismo como fuerza de trabajo sin ser remunerados, sino que pagan por el derecho de crearse a si mismo como trabajadores, ya sea por medio del pago aranceles mensuales o el endeudamiento de los créditos fiscales o bancarios. De ahí que el estudiante, a menudo aún el más izquierdista, caiga presa de la mistificación ideológica de entenderse a si mismo como un consumidor, como alguien que paga por servicios que otros (docentes y funcionarios) les entregan, sin darse cuenta que la educación no es un proceso de consumo sino de producción del cual él o ella forman parte fundamental.
En el discurso marxista tradicional, la creación del valor ocurre en el punto de producción de una mercancía, pero la realización del valor como tal ocurre cuando la mercancía es vendida en el mercado. Teóricamente hablando, cuando el estudiante vende su fuerza de trabajo en el mercado es cuando en ciclo de reproducción iniciado con el aprendizaje universitario formal debiera finalmente cerrarse. Bajo el neo-liberalismo, sin embargo, la tendencia es que el proceso de capacitación y aprendizaje se haga cada vez más permanente. En la medida que las compañías coordinan cada vez más sus actividades con las universidades, trabajadores de diferentes áreas son forzados a ingresar o volver a la universidad para renovar sus saberes y habilidades de acuerdo a las cambiantes necesidades del mundo empresarial, si estos trabajadores quieren acceder a un mejor empleo o mantener el trabajo que ya tienen. En un clima, donde el capital demanda a los trabajadores adaptarse rápidamente a las innovaciones tecnológicas y organizacionales, la educación terciaria deja de ser una etapa de transición entre las escuela y el trabajo remunerado para convertirse en una condición permanente y porque no decirlo, ontológica, de su propia reproducción como clase social.[7]
A su vez, mientras más y más trabajadores se ven forzados a capacitarse a nivel terciario, más y más estudiantes universitarios se ven obligados a transformarse en trabajadores asalariados. El tipo de empleo a los que un estudiante puede aspirar por su propia condición de estudiante son necesariamente casuales y de jornada parcial, sin ningún derecho laboral, y extremadamente mal pagados, sin contar la colonización del ciclo de vida por parte de tiempo de trabajo con la cual se ven afectados.
Conclusiones
Este nuevo escenario amerita algunas conclusiones de suma importancia para el activismo de izquierda dentro y fuera de las universidades:
1- Estamos ante el ocaso, sino la muerte, del movimiento estudiantil que los militantes de los 70 y de los 80 una vez conocimos. El cuerpo estudiantil, así como el cuerpo del obrero industrial o el de muchos intelectuales y artistas, parece hoy disolverse en la figura de una composición de clases a la cual le hemos dado el nombre de precariado; la clase donde todas las otras clases que una vez formaron parte del movimiento popular chileno se han disuelto, formando a su vez la única base social sobre la cual se puede reconstruir un proyecto político revolucionario.
2- El aumento de la inestabilidad subjetiva así como el creciente peso del trabajo dentro y fuera del campus ha creado una simbiosis entre grandes sectores del estudiantado universitario y las nuevas formas de trabajo casual y de servicios, de manera que éste tiende cada vez más a hacerse parte la subjetividad de la clase precariada. Esto significa que el estudiantado de izquierda debe dejar de concebirse a si mismo y a sus compañeros como una apéndice de un sujeto revolucionario que se encuentra imaginariamente fuera de la universidad, ya sea en la forma de los pobres, los mapuches, los obreros, los campesinos o los pobladores. La precarización del trabajo estudiantil precisamente indica que ese sujeto se constituye también dentro de las universidades, no hay necesidad de ir a buscarlo a otras partes. La reproducción del estudiantado como trabajador en las actuales condiciones sociales y económicas no es otra cosa que la dimensión intelectual de la reproducción de la clase precariada en su totalidad.
3- El poder y la legitimidad del accionar político de la clase precariada no esta predeterminada ni por oficio, ni por ingreso, ni por niveles de pobreza, sino por los niveles de cooperación social tanto formal como informal que existen entre los grupos sociales descentrados y múltiples vinculados a los proceso de precarización, y dentro de las cuales se encuentran obviamente los estudiantes universitarios.
4- La proletarización y precarización de los intelectuales, en especial los del mundo universitario, señala su nueva posición en relación a otros trabajadores precarizados. Gramsci en los años treinta argumento que todos los trabajadores eran intelectuales, pero en la división del trabajo de la sociedad capitalista la función de intelectual le compete sólo a un pequeño número de organizadores y educadores.[8] En ese tiempo, éstas no sólo fueron las premisas de formas de trabajo industrial altamente jerarquizadas, pero también de la organización revolucionaria vanguardista y centralizada. Los trabajadores eran el cuerpo, los intelectuales el cerebro. Hoy estas premisas ya no existen. Los intelectuales se han vuelto más proletarios, y los proletarios más intelectuales. El desarrollo del precariado como clase esta asociada también a la emergencia de un cognitariado y un servizariado, todos vinculados a una intelectualidad de masas, donde el trabajador como entidad colectiva ya no sólo produce lo material, sino que se transforma en organizador y diseñador de los proceso de producción y reproducción, usando tanto su fuerza física como sus ideas, afectos y creatividad.
Si las reformas neo-liberales han alterado la composición de clase del sujeto revolucionario, es porque han desmantelado, para bien o para mal, la función elitista del intelectual y la vanguardia profesional-artístico-revolucionaria. La disolución de la línea divisoria entre la “alta cultura” de los artistas e intelectuales y la cultura popular de masas, disolución a la cual muchos revolucionarios una vez aspiramos, ha tenido lugar pero bajo la hegemonía del mercado. Hasta los marxistas nos hemos convertido en post-modernistas, sin dejar de ser revolucionarios, claro.
Valparaíso, julio 2006.
Valparaíso, julio 2006.
[1] Ver Krishan Kumar, Prophesy and Progress:, The Sociology of Industrial and Post-Industrial Society, Peguin Press, London, 1991.
[2] Harry Cleaver, Una Lectura Política del El Capital, Fondo de Cultura Económica, México, 1985, pp. 334-335.
[3] Karl Marx, Capital, Volume 1, Penguin Press, London, p. 717.
[4] Maurizzio Lazzarato, “Inmaterial Labor”, en Michael Hardt and Paolo Virno, Radical Thought in Italy, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1996, pp. 134-146.
[5] Capital, Vol. 1, pp. 138-159.
[6] http://www.cfl.mq.edu.au/
[7] Ver Gilles Deleuze, “Postscript on the Societies of Control”, October 59, 1992.
[8] Selection from the Prison Notebook, International Publisher, New York, 1971, pp. 9-10.

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