Foucault: cuerpo y libertad
De más está decir que Michel Foucault fue un pensador paradigmático, su pensamiento inaugura una discursividad que hace tambalear todos los fundamentalismos teóricos y metodológicos de las ciencias sociales, señalando que el papel del investigador y analista social no es conocer al otro, sino conocer la conducta discursiva y práctica de quienes buscan conocer al otro. Foucault es un ojo que mira hacia la mirada de quien a hecho de su profesión el observar y busca por medio de esta observación ordenar y domesticar los cuerpos y las cosas, casi como si el categorizar tuviese una relación directa con el encarcelar y el conocer con el torturar. Prácticas médicas, prácticas carcelarias, prácticas pedagógicas, prácticas académicas, prácticas partidarias, prácticas gubernamentales, prácticas bio-políticas, prácticas todas sujetas a la deconstrucción foucaultiana con tal radicalidad que, el pensamiento mismo se convierte en acto de subversión política llevado a los limites más inesperados. En Foucault, pensar no es un acto de recogimiento ordenado al interior de un discurso académico, pensar es subvertir, desplazarse a través de los bordes, evadir los puestos fronterizos desde donde vigilan las convenciones e instituciones del saber oficial, para experimentar con conceptos, no para transformarlos en un sistema de proposiciones al cual uno adhiere o rechaza, sino más bien en un paquete de potencialidades del cual el investigador se nutre de manera pragmática.
Dentro de esta línea de pensamiento, es común identificar tres grandes periodos en la obra de Foucault: primero su periodo más estructuralista, el que dura hasta final de los años 60, y está dedicado fundamentalmente al estudio de la emergencia del discurso de las ciencias humanas, a través del cual, Foucault define la arqueología del conocimiento de los últimos tres siglos y la lectura de la modernidad occidental por medio de la noción de epísteme; después están los años 70, periodo en cual investiga la relación entre saber y poder instalado en las instituciones disciplinarias y de gobernamentalidad de la sociedad moderna; por último, está el periodo de los 80 dirigido al análisis de los proceso de subjetivación a través de la relación estética con el uno mismo, y la relación ética y política con los otros. [1]
A estos tres periodos del pensamiento foucaultiano me atrevería a agregar un cuarto, del cual no podemos responsabilizar directamente a Foucault, pero que es sumamente importante de considerar si nos estamos refiriendo a un autor que instala una nueva forma de hacer y pensar la investigación social. Me estoy refiriendo al período posterior a su muerte, cuando se implanta en las humanidades y ciencias sociales del mundo occidental, cierto espacio discursivo foucaultiano. Este espacio discursivo no simplemente está compuesto por las lecturas e interpretaciones que los alumnos, colaboradores y seguidores de Foucault han hecho de su obra, sino que también incluye el cúmulo de denuncias y críticas a la cual sus ideas han sido sometidas por parte de intelectuales tanto de izquierda como de derecha. En este marco, de ser un pensador que se posicionaba al borde de los saberes académicos, su figura –quizás muy a pesar suyo- adquiere el estatus de padre fundador a partir de cuya sombra espectral se definen maniqueamente amigos y enemigos, saberes verdaderos y falsos, modernistas y posmodernistas. Parece ser que en algún momento, las ciencias sociales occidentales abandonaron definitivamente su diálogo con Marx, para abocarse hacia fines del Siglo XX, a dar una batalla a muerte en torno a Foucault.
Las interpretaciones que ha tenido su herencia en el contexto de esta batalla son tan múltiples y diversas que no es posible dar cuenta de ellas en una ocasión como esta, es más, diría que es un tarea casi enciclopédica que queda por hacer. De hecho, si ustedes revisan las bases de datos y catálogos de cualquier universidad sólo en el mundo anglo-sajón, se darán cuenta de la escala de la discursividad inaugurada por Foucault, con un número casi infinito de documentos de trabajo, tesis, artículos y libros dedicados a su obra en relación a una igualmente infinita variedad de temas específicos.
Dentro de esta diversidad y multiplicidad del espacio discursivo foucaultiano, podemos sin duda, descubrir que esta relación de tensión y conflicto que el pensamiento de Foucault ha generado en el mundo académico, a menudo se ha sustentado sobre una lectura común, por no decir homogénea y totalizante, en torno a un tema central de su obra: el del poder. Tanto por parte de muchos de sus seguidores y colaboradores, como por parte de sus detractores, en especial los que vienen del campo del marxismo y la teoría crítica, se descubren, sorprendentemente, lecturas tremendamente funcionalistas de su obra.
En estas lecturas, su pensamiento es conceptualizado casi como una teoría del orden y el consenso donde, si bien es cierto, la posibilidad de resistencia del sujeto al poder se considera y teoriza, ésta jamás puede escapar al círculo de hierro que constituye el poder mismo. Bajo estas lecturas, las formaciones discursivas, los dispositivos, las prácticas y los efectos de subjetivación y constitución del individuo autorregulado que éstas producen, aparecen entendidas como “funciones” destinadas a mantener la reproducción de un régimen de poder del cual pareciese no haber posibilidad radical de huida. Sin duda que para ninguna de estas lecturas, el ejercicio del poder a partir de dispositivos disciplinarios planteada por Foucault, tiene como propósito la socialización o la estabilidad estructural en el sentido funcionalista de estos término, pero sí tienen como efecto inevitable, en propias palabras de Foucault, “el ordenamiento de las multiplicidades humanas”[2].
Todas las formas de poder serían entonces concebidas como sistemas funcionales operando independientemente de las estrategias, posiciones y proyectos de actores humanos concretos, donde las diferentes resistencias quedan reducidas a una trama de disfuncionalidades o contra-funciones que cuestionan, desestabilizan y hasta transforman el poder, pero siempre dentro de las posibilidades de acción que ofrece el poder mismo[3]. En este sentido, el nuevo aporte foucaultiano a las concepciones funcionalistas de lo social, sería entender el poder como una relación productiva, dinámica y múltiple, que no sigue una dirección intencionada o lineal, que opera desde abajo, donde las estructuras globales y jerárquicas de dominación dependen de circuitos micro-políticos, pero en cuya red nuestra humanidad y nuestra libertad sería más bien un efecto, un residuo, un trabajo performativo llevado a cabo desde el poder mismo.
Entre los discípulos de Foucault, por ejemplo, encontramos a partir de esta interpretación, una constante problematización de la idea de libertad. Colin Gordon, por ejemplo, sostiene:
“Podemos decir que la problemática del gobernar parecen entregar a Foucault una manera más útil para considerar la relación entre poder y libertad. La noción de gobierno incorpora la idea clave que el poder, entendido como forma de acción sobre la acción de otros, sólo trabaja cuando hay algo de libertad”[4].
Foucault, de acuerdo a este distinguido foucaultiano, no sólo reconocería magramente que hay siempre “algo de libertad” en las relaciones de poder, sino que este “algo de libertad” sería siempre un soporte suplementario al ejercicio del poder mismo. Esta lectura, sin embargo, tiene su parentesco con la mirada de sospecha de los anti-foucaultianos. Consideremos, por ejemplo, un pensador de moda como Slavoj Zizek, que en un libro tan brillante como El Espinoso Sujeto, se da la indulgencia de caer en el mismo lugar común donde cae Gordon pero de manera algo más vitriólica. En Foucault, de acuerdo a Zizek:
“…poder y resistencia están efectivamente entrabados en un abrazo de muerte. No hay poder sin resistencia (con el objeto de funcionar, el poder necesita un X que eluda su control), ni resistencia sin poder (el poder es formativo de la base sobre la cual descansa la resistencia misma del sujeto oprimido)”[5].
Ambos autores nos dejan con un Foucault cuyo concepto de libertad como autonomía, no tan sólo es poco deseable, sino que representa un formula para fortalecer los procesos de dominación. Ciertamente que dentro de la obra de Foucault existen muchas variaciones y ambigüedades acerca del tema de la relación entre poder y resistencia, que tal vez hayan facilitado que en los intersticios y discontinuidades entre una definición y la otra, se produjeran las condiciones discursivas para que lecturas como éstas emergieran.
También hay que considerar la epocalidad en que hace su aparición la discursividad foucaultiana: el marco global de una contra-revolución neo-liberal triunfante, que hace a muchos de sus acólitos transformase en escépticos en relación a las posibilidades políticas del periodo, y renunciar al compromiso radical y activista que caracterizó al mismo Foucault. A los ojos de sus detractores izquierdistas, por otra parte, este giro conservador de los foucaultianos se convertirá en una oportunidad ideológica para imputar a Foucault los cargos de neo-conservador y hasta de individualista neo-liberal.
El problema central, sin embargo, es cómo desatar conceptual y políticamente el nudo Giordano en que la noción poder-resistencia de Foucault parece estar entrampada. En su último libro, La Historia de la Sexualidad, el cual quedó sin terminar, Foucault es claro y preciso en una definición de poder que representa de hecho una revolución copernicana en relación a cualquier forma de funcionalismo. Foucault señala:
“Por poder, yo no quiero decir Poder como un grupo de instituciones y mecanismos que aseguren la supervivencia de los ciudadanos de un estado determinado. Por poder tampoco quiero decir un modo de subyugación que, a diferencia de la violencia, adquiere la forma de una norma. Finalmente, no tengo en mente una sistema general de dominación de un grupo sobre otro, un sistema cuyos efectos…..ocupan todo el cuerpo social…..El poder debe ser entendido como una multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes a la esfera en que operan y las cuales constituyen su propia organización; como un proceso cual, por medio de luchas y confrontaciones incesantes, se transforman, se fortalecen o se revierten”[6].
De acuerdo a esta definición los dispositivos de dominación, subyugación o disciplinamiento serían algunas de las muchas formas en la que el poder se organiza, una cristalización inestable de cierta relación de fuerzas, pero donde la resistencias y las prácticas de libertad están siempre circulando como una fuerza más dentro del entramado de poderes, sin sucumbir necesariamente a ninguno de ellos, abriendo la posibilidad de espacios que se substraigan a los procesos de dominación, aunque se encuentre en una relación constitutiva con ellos.
La resistencia es otra forma de ejercer poder, que si bien esta constituida dentro de un sistema de dominación, no está necesariamente atrapada por éste. Resistir, para Foucault, no significa sólo oponer una fuerza a otra, sino vencer por medio de una escapatoria o por un cambio en las reglas del juego. El trabajo fabril produce subjetividad obrera, la subjetividad obrera produce huelgas, y la huelga la posibilidad de escapar del trabajo fabril. El mercado nos vende tecnología que nos permite copiar y compartir información sin tener que pagar, creando prácticas de fuga no mercantilizadas. En otras palabras, el telón de fondo metodológico que mueve el pensamiento de Foucault no es un interés en el ordenamiento de las multiplicidades humanas, sino más bien, cómo estas multiplicidades están permanentemente escapando de manera impredecible al ordenamiento que en un momento las constituyó y les fue propio.
Esta visión se pone en evidencia cuando Foucault habla del cuerpo como la materialización de la relación entre poder y saber. Foucault considera al cuerpo como el blanco de las relaciones de poder, el espacio que está en contienda en la lucha por la materialidad de los procesos sociales. La corporalidad debe ser sujeta a control, precisamente porque es peligrosamente volátil, un lugar que ontológicamente produce fuerzas y diferencias, y por lo tanto capaz de ser usado y usarse a si mismo potencialmente de infinitas maneras, de acuerdo a múltiples dictados culturales y políticos. Como objeto sobre el cual el poder recae, el cuerpo es una superficie donde los procesos disciplinarios se inscriben, sin dejar nunca de ser al mismo tiempo el punto de soporte del más combativo de los contra-ataques. Foucault recoge esta definición de corporalidad fundamentalmente de Nietzsche, quien entiende al cuerpo como una entidad en constante devenir, donde lo biológico y lo político se junta, y cuyos bordes jamás pueden ser inventariados ya que están siempre superándose a si mismos, y expandiendo sus potenciales. No debemos, sin embargo, confundir al cuerpo con el sujeto humanista intencionado y consciente, la resistencia no es un asunto de elección sino de pulsión. Tampoco hay una libertad al interior de nuestros cuerpos esperando ser emancipada, la libertad más bien es una práctica diaria que es transversal a los cuerpos mismos, que los conecta en sus superficies, un acto de poder que no puede ser simbolizado pero que hace posible la simbolización misma[7].
Para concluir, Foucault jamás se aproximó al tema del poder desde arriba hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba; no miró lo político desde la mirada del soberano, sino desde la perspectiva de la plebe o de ciertas características plebeyas. Para Foucault, la plebe nunca tuvo un existencia sociológica positiva, tampoco es la esencia primaria de alguna revuelta revolucionaria, la plebe más bien es el “movimiento centrifugo” y de desenganche que responde a los movimientos centrípetos de los dispositivos de poder. A sus ojos, la plebe es una cualidad pulsional que está presente en todos los grupo sociales, cuerpos e individuos, pero siempre en una diversidad de formas y extensiones, de energías y singularidades que ubicadas en el limite de la redes de poder, proporcionan la motivación primaria para el quiebre o la modernización de estas últimas[8]. La metodología que por lo tanto heredamos de Foucault es entender el poder desde sus bordes, desde la resistencia, desde la primacía de la rebelión, siempre tratando de descubrir los sentidos y los pensamientos que nos empujen más allá de la identidad que impone la soberanía. No dejemos entonces que la discursividad que él inició con tanta imaginación se disipe en los interiores. El pensamiento de Foucault es ontológicamente claustrofóbico, se ahoga y se fatiga en los espacios cerrados. No recluyamos a Foucault, no lo domestiquemos, simplemente dejémoslo por fin descansar en la plenitud del afuera.
Valparaíso, julio 2006.
[1] Negri, T., Contribution on Foucault, Seminar on the Transformation of Work and Crisis of the Political Economy, Uníversite de París 1, October 2004.
[2] Foucault, M., Discipline and Punish: the birth of the prison, London, Penguin, 1991, p. 218.
[3] Brenner, N., “Foucault´s New Funcionalism”, Theory and Society, Vol. 23, Nª 5, 1994, pp. 679-709.
[4] Essential Works of Foucault 1954-1984, Volume 3, J.D. Faubion (ed.), London, Penguin, p. xxviii.
[5] Zizek, S., The Ticklish Subject: the absent centre of political ontology, London, Verso, 1999, pp. 252-253.
[6] Foucault, M. The History of Sexuality Volume I, London, Penguin, 1978, p. 92.
[7] Grosz, E. Volatile Bodies: towards a corporeal feminism, Sydney, Allen & Unwin, 1994, pp. 123- 124.
[8] Foucault, M., “Powers and Strategies” in Power/Knowledge: selected interviews and other writings, New York, Pantheon, 1980, p. 139.

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