Comunistas como nosotros
“El movimiento del comunismo no progresa linealmente, es un camino duro y lleno de peligros, un padecimiento, una divagación, un extravío, una búsqueda de la tierra prometida, lleno de trágicas interrupciones, bullente, repleto de saltos, explosiones, promesas solitarias, discontinuamente cargado de la conciencia de la luz”
Ernst Bloch
“He preferido hablar de cosas imposibles
porque de lo posible se sabe demasiado”
Silvio Rodriguez
Ernst Bloch
“He preferido hablar de cosas imposibles
porque de lo posible se sabe demasiado”
Silvio Rodriguez
La pasión del comunismo es una pasión por las memorias pero también de los riesgos imprevistos de la interpretación. Quizás jamás ha habido una idea cuyo significado haya infundido tanto temor, inspiración, debate y conflicto como el comunismo lo ha hecho en los últimos cien años. Mientras que el fascismo evoca tan sólo imágenes de terror y discriminación, la idea de comunismo está asociada, de manera paradójica, tanto con el control dictatorial como con el proyecto ilustrado de la liberación humana. Tal como lo señalara perspicazmente una victima de los horrores de los campos de concentración nazi como Primo Levy, no importa cuan horrorosa haya sido la experiencia “oficial” del comunismo, aún somos capaces de tener una imagen de éste que no guarde relación con el genocidio y la represión totalitaria. El fascismo, en comparación, es imposible de imaginar sin ellas. De acuerdo con Slavoj Zizek, aún si aceptamos el cuestionable argumento de que todo comunismo termina inevitablemente en una dictadura estalinista, éste aún puede perdurar como un proyecto de emancipación que nunca cumplió su promesa, fracasando de manera espeluznante en el terreno de la implementación práctica.[1] El fascismo, muy por el contrario, representa el horror mismo: un proyecto de dominación cuya inherente violencia contra el otro ha triunfado de manera terminante ya en demasiadas ocasiones. El fascismo cumple todas sus promesas. La discriminación y el terror son componentes tan substanciales de su ideología, que es imposible que exista una brecha entre su teoría y su práctica. El comunismo, sin embargo, es una historia repleta de quiebres e inestabilidades, complejidades y esperanzas, tiene tantas dimensiones que el concepto adquiere una identidad elusiva y espectral, transformándose para muchos, en un referente que sugiere definiciones más provocadoras e imaginativas que las del fascismo.
Hoy más que nunca el nombrar la palabra comunismo escandaliza, y el escándalo es doblemente complejo. Aquellos que hoy se atreven a llamarse a si mismos “comunistas” no sólo están éticamente obligados a dar cuenta del hecho que el comunismo ha sido asociado con los horrores de los campos de concentración, sino hacer frente a un estado de cosas donde el comunismo mismo ha sido declarado definitivamente muerto por la elite neo-liberal del nuevo capitalismo globalizado. Más preocupante, por otra parte, es el hecho que muchos de los intelectuales y activistas izquierdistas del emergente movimiento contra la globalización capitalista pareciesen compartir sin cuestionamiento esta problematización del comunismo hecha por sus enemigos, identificando el término directamente con el fracaso de la experiencia soviética. Lo mismo sucede en Chile: uno puede estar de acuerdo con el comunismo como postulado de ideas revolucionarias, sin embargo, la palabra “comunista” con todas sus connotaciones locales se vuelve vergonzosa e incómoda, dejando el monopolio político de su significante -casi como si fuese una marca registrada- al partido político que lo endosa como nombre.
¿Pero por qué los revolucionarios hemos de mantener un apego porfiado con la noción de comunismo tanto a nivel de significado como de significante?
La necesidad de este apego emerge del urgente imperativo de encarar el conservadurismo político e intelectual inherente de este período con un acto teórico que a la vez sea un acto de resistencia y militancia. Una de las características ideológicas del actual consenso neo-liberal es el hecho que cualquier forma de planteamiento revolucionario es rápidamente repudiado y ridiculizado como una fantasía delirante, mientras se acepta al capitalismo globalizado como la única realidad posible y deseable. Comenzar a hablar de comunismo nuevamente es parte del intento político e intelectual de alterar substancialmente la relación de fuerzas vigente en nuestra sociedad, de manera que, como protagonistas de un eventual movimiento anti-capitalista, podamos imaginar un mundo que se encuentre más allá de las limitadas opciones políticas que nos ofrece el status quo.
Uno de los mecanismos políticos e intelectuales para provocar este giro es efectivamente recurrir al poder performativo de lo injurioso y de lo imposible, donde la posición menos razonable se transforma en la única garantía de sobrevivencia del acto ético. Y no hay un significante cuyas emanaciones de poder encarne lo más injurioso y lo más imposible como lo hace hoy el comunismo. Como sostiene Zizek en clave lacaniana, desde un punto de vista revolucionario como, de hecho, desde el punto de vista de la política “propiamente tal”, lo verdaderamente real siempre se ubica dentro de lo imposible.[2] Bajo esta mirada, el comunismo se transforma en la enunciación de un exceso semántico, donde se reconoce la palabra como una dimensión directa de las relaciones de poder, contribuyendo a transformar el campo de significación de lo que es considerado políticamente correcto y posible. Esta no ha sido una práctica intelectual y política ajena a los grandes pensadores-activistas del Siglo XX como Lenin y Foucault, y hoy en día es reconocida entre ciertos círculos de revolucionarios como la táctica de “doblar la vara”. Cuando la vara esta doblada para el lado equivocado como es le caso de hoy en día, es necesario, con el objeto de colocar el mundo en su lugar correcto, tomar la vara y doblarla fuertemente en la dirección opuesta hasta que esta quede derecha. Doblando la vara es posible hacer salir del closet a una dimensión del conocimiento que los intelectuales positivistas a menudo no se sienten preparados a reconocer: que la efectividad de decir la verdad tiene una existencia histórica y política, lo que significa que “tras la relación entre simples ideas existen relaciones de fuerza, las cuales colocan ciertas ideas en el poder y otras ideas bajo sumisión”.[3] Dentro del espíritu de esta contienda, restablecer el comunismo como posibilidad no es sólo el intento de reclamarse de un principio de acción, sino que también usar su significante como provocación, como un arma simbólica para destruir la sumisión de la palabra, y de esta manera generar un pensamiento político en un mundo donde la política misma ha sido censurada por el abandono liberal y postmoderno de las narrativas emancipatorias.
Zizek sostiene que la impugnación de totalitarismo hecha al comunismo por los demócratas liberales (y concertacionistas en el caso de Chile) ha demostrado ser el mejor “anti-oxidante” para ayudar a mantener “el cuerpo social en buena salud política e ideológica”. La noción de totalitarismo propuesta por los demócratas liberales se ha transformado en un subterfugio para no involucrarse en una acción y un pensamiento político genuinamente radical. Cada vez que manifestantes anti-capitalistas deciden interrumpir con su movilización las reuniones cumbre organizadas por las instituciones reguladoras del capitalismo globalizado como el APEC o la OMC, los políticos, la policía y los medios de comunicación suelen apelar a los valores de la democracia liberal, etiquetando a los manifestantes como “anti-democráticos” por atentar contra “la libertad de expresión” y “el derecho a reunión” de aquellos que son los mas ricos y poderosos del mundo. Aún más, según Zizek, durante la consolidación del poder neo-liberal en los últimos veinte años, la noción de totalitarismo se ha convertido en una especie de acusación sumaria por parte del liberalismo democrático en contra de los que comienzan a pensar y actuar inspirados por un proyecto político que se oponga al capitalismo existente. Los demócratas liberales acusan encolerizados “no importa qué tan diferente la extrema izquierda es de la extrema derecha, los extremos siempre se juntan en la política del terror”. Desde esta mirada, tanto el comunismo como el fascismo –y quizá ahora el fundamentalismo islámico- conforman el mismo tipo de amenaza a la democracia. Si bien es cierto que el liberalismo democrático se presenta a menudo como una corriente hostil a las desigualdades económicas de nuestra sociedad y están más que felices de condenar las injusticias y guerras del capitalismo, jamás apoyan ningún tipo de acción demasiado radical contra el sistema, prefiriendo denunciar las iniciativas revolucionarias como una potencial utopía sobre la cual se levantará un nuevo totalitarismo.[4]
El problema, argumenta Zizek, es el hecho que, en los últimos veinte años de globalismo neo-liberal, esta postura ha fallado rotundamente en evitar el desarrollo de los horrores totalitarios que clama rechazar. Y has sido así, porque, al reducir lo político simplemente a la práctica pragmática de lo posible, crea las condiciones para el que el totalitarismo emerja sin oposición. Al rechazar un proyecto emancipatorio revolucionario y etiquetarlo de “totalitario”, los pragmáticos del liberalismo democrático se quedan sin ninguna otra alternativa que limitar la acción política a la maniobra oportunista dentro la matriz del sistema de dominación, socavando a su vez las únicas fuerzas sociales y políticas que son genuinamente capaces de contrarrestar a los emergentes neo-totalitarismos, como los de George Bush y el fundamentalismo religioso.[5] El primer pensamiento que muchos tuvimos cuando vimos las torres gemelas colapsando y luego empezamos a escuchar la retórica pesadamente familiar de la “guerra contra el terrorismo”, fue: ¡qué seguro era el mundo cuando manteníamos una conversación con la otredad del comunismo! No importa cuanto, durante el curso del Siglo XX, la idea de comunismo haya sido identificada con represión estatal, ésta fue la que proporcionó la encarnación de la lucha contra el fascismo y las injusticias del mercado. No pretendo desempolvar el estalinismo, ni siquiera el leninismo como alternativas al presente estado de cosas, sino volver a proponer el comunismo como movimiento social que inspiró la imaginación de millones y millones de activistas y revolucionarios y, ofreció una barrera de contención a la guerra y al terror. Esto haciendo la salvedad que jamás fue la Unión Soviética la que en el curso del Siglo XX contuvo el poder imperialista, sino la actividad comunista y auto-gestionada de la multitud en diferentes lugares del mundo. En léxico lacaniano, si bien que a nivel de lo Simbólico el bloque soviético se vanagloriaba de hacer del comunismo una sociedad en construcción, oculto tras este proceso de simbolización estalinistas estaba la herida innombrable de lo Real, por cuanto la palabra revolucionaria era a su vez sangrientamente enmudecida, y el comunismo aprisionado en la camisa de fuerza de la guerra fría, permitiéndole así al capitalismo de estado soviético repartirse el mundo a tajadas con el capitalismo occidental.
El razonamiento detrás de la defensa del comunismo que reclamo como nuestro se distancia sin embargo de la postura habitual de muchos marxistas anti-estalinistas de occidente, los cuales sostienen que “el comunismo no puede haber muerto porque –ya que el bloque soviético representaba en los hechos otra forma de capitalismo y sociedad de clases- este jamás realmente existió”. Lo que quisiera sostener en esta ponencia es precisamente lo opuesto: que más allá de toda la propaganda y distorsiones impuestas sobre su significante por los sospechosos de siempre, el comunismo en efecto siempre ha existido, no en la forma de un partido o un estado, sino más bien como un potencial y una tendencia de autogestión colectiva oculta y reprimida por las relaciones de producción del capitalismo histórico, tanto a nivel simbólico como económico. El problema de explicar las razones del fracaso de la experiencia comunista “oficial” no puede disociarse del problema de reentender un comunismo real. Las revoluciones rusa, mexicana, española, china y cubana deben mantenerse como un fundamento central de una re-emergente política comunista. Esto debe ser así no porque las sociedades post revolucionarias que brotaron de ellas tengan necesariamente características positivas que valga la pena defender y promover, sino más bien porque como activistas anti-capitalistas estamos obligados a reconocer la dirección de lo que, en su devenir y fracaso histórico, estas revoluciones pudieron haberse transformado. Esto es lo Zizek llama –evocando a Walter Benjamín- la “mirada revolucionaria”, la cual entiende la lógica “del acto revolucionario actual como la dimensión redentora de los fallidos intentos emancipatorios del pasado”.[6] En otras palabras, mantener una postura revolucionaria no es decir que el verdadero comunismo no tuvo nada que ver con la “experiencia oficial” de éste, sino con el vislumbrar, descubrir y abrazar lo que estaba “ausente” dentro de esa “experiencia oficial”: el potencial revolucionario que fue derrotado y perdido.
Sin duda alguna que han sido las mismas clases dominantes en diferentes periodos de la historia las primeras que han reconocido el potencial comunista que existe dentro de los mismos antagonismos de clases sobre los cuales se levanta, transforma y tambalea el régimen de propiedad capitalista. En cierta medida, la historia misma del comunismo ha sido la historia de su demonización y des-identificación ideológica por parte de las elites dominantes del mundo capitalista. Sería un error entender esta historia simplemente como propaganda anti-comunista, en vez de una compleja operación discursiva donde el repudio y el temor de las clases dominantes por el comunismo es el contrapunto ideológico de su poderosa presencia. Usando el lenguaje del situacionismo, podríamos afirmar que el secreto de la demonización del comunismo dentro del espectáculo capitalista sólo ocurre al separar el contenido de su representación, y transformar esta última en mera apariencia.[7] Para la elite, ésta ha sido la apariencia aterradora de un monstruo, uno que en su misma vaciedad disfruta de poderes sobrenaturales.
Cómo no recordar las primeras líneas del Manifiesto Comunista, cuando Marx y Engels nos describen el marco mental de la burguesía europea de mediados del Siglo XIX: Un espectro espanta a Europa, el espectro del comunismo. Todos los poderes de la vieja Europa han entrado en santa alianza para exorcizar el espectro. Desde una perspectiva psicoanalítica, la percepción burguesa del comunismo equivale al horror y la ansiedad provocados por lo que Freud define como “lo siniestro”[8], que expresa la angustia infantil de la clase capitalista ante la posibilidad de volver a vivir el momento caótico y traumático de su origen propio de clase poseedora, cuando por medio de la acumulación originaria, una multitud trabajadora fue aplastada y desposeída de la propiedad comunal de los medios de producción para garantizar la emergencia del capitalismo moderno. El espectro del comunismo encarna el retorno de lo reprimido, la otredad monstruosa de la multitud que regresa a resolver y cerrar la separación y el antagonismo creados en el momento original de su desarraigo. Entonces, cuando los neo-liberales insisten que el comunismo ha muerto, no dicen nada realmente nuevo. Si interpretáramos la metáfora marxista del espectro del comunismo literalmente, es posible sugerir, que desde el punto de vista del discurso de la propia burguesía, el comunismo siempre ha sido entendido como una vida después de la vida. En el mundo simbólico del empresario burgués, el comunismo jamás ha existido como una entidad viva sino como resucitación fantasmal de un ser social que está ya muerto, como la figura aterradora de un muerto en vida: el espíritu de los muertos que se levantan desde bajo la superficie del status quo para espantar a sus asesino y devolver el mundo a su orden original. De ahí la necesidad ideológica de enunciar su muerte una y otra vez, como manera de exorcizar el espectro, y hacer desaparecer el cuerpo una vez más, para no dejar evidencia del crimen original y del trauma del antagonismo político del cual el comunismo es significante.
El comunismo es la comunidad potencial, inherente a las contradicciones de clase del capitalismo. La conceptualización inicial del comunismo hecha por Marx y Engels, algo desconocida para muchos marxistas, era precisamente esto: el poder constituyente y radical de la colectividad proletaria, no la última etapa en la historia del desarrollo social de la humanidad. En un pasaje algo ignorado de su libro la Ideología Alemana, Marx y Engels sostienen:
“El comunismo no es para nosotros un estado de cosas que a de ser instaurado, un ideal al cual la realidad tendrá que ajustarse. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que busca abolir el presente estado de cosas. Las condiciones de este movimiento resulta de las premisas ahora existentes”.[9]
En otras palabras, el comunismo, lejos de ser la gran utopía que nos espera al final de la historia, es una dinámica de acción y deconstrucción revolucionaria que ya esta aquí, encarnada vividamente en los antagonismos del presente. Lejos de haber una transición al comunismo, el comunismo es el devenir de la transición misma. ¿Qué quiere decir esto? Que el comunismo, como el “movimiento real que busca abolir el presente estado de cosas”, se refiere a aquellas formas pre-figurativas de relaciones sociales y organización colectiva que anticipan, dentro del entramado de contradicciones del sistema, la abolición de la propiedad privada capitalista. Como lo señala Antonio Negri, la acción comunista no es sólo una actividad subversiva anti-sistema, sino una actividad de constitución política, donde se crean las bases de una nueva sociedad dentro de la estructura organizacional del movimiento social.[10] Lejos de rechazar el materialismo-histórico, esta noción de comunismo lo lleva más lejos, lo intensifica. Hay una lógica comunistas en todo movimiento que por medio de la materialidad de sus prácticas de resistencia busque realizar en el ahora, los objetivos que la tan mentada “transición socialista” mantiene posponiendo ad finitud: la transformación de valores de cambio en valores de uso por medio de la actividad libre y asociativa de los productores, en otras palabras, la producción social dirigida a la satisfacción de las múltiples necesidades humanas, no de .la ganancia de unos pocos.
Bajo esta concepción hay una lógica y una ética comunista que antecede a la Unión Soviética, y antecede a Marx, y hasta a la modernidad misma. Ya el celebre historiador inglés E. P. Thompson señaló las múltiples maneras en que la multitud trabajadora pre-industrial funcionaba bajo normas de acción y reciprocidad colectiva. Estas correspondían a lo que él llamaba –la economía moral de la muchedumbre, donde la fuerza de las costumbres colectivistas protegían el uso compartido de la tierra y los recursos económico, ofreciendo una barrera de resistencia a la continua privatización de los medios de producción impuesta por el colonialismo y el emergente capitalismo industrial.[11] En este caso, lo lógica comunista de la historia, no emerge como un programa político cuidadosamente definido, sino como una modalidad de comportamientos colectivos que autónomamente defendían el derecho común en contra del derecho privado, las necesidades humanas en contra de la ganancia, y una ética del goce en contra de la ética del trabajo. Los ejemplos son muchos: el derecho ancestral indígena, las primeras comunidades cristianas, las comunas piratas en las islas del Caribe, las respuestas heréticas y milenarias al poder de la iglesia y el Estado durante la Edad Media y la modernidad temprana. Enraizadas en fortísimos imaginarios religiosos y morales, estas formas de comunismo de alguna manera pusieron trabas al génesis del capitalismo moderno, contextualizando socialmente su desarrollo, de manera que la transición al nuevo modo de producción nunca estuvo completamente garantizada política y socialmente sin que las clases dominantes expandieran su poder militar, legal e ideológico para aplacar la resistencia de lo que nos era común.
En el contexto de la transición de la sociedad tradicional a la sociedad moderna capitalista, el comunismo se presenta, para usar las palabras de Gilles Deleuze, como un espacio colectivo y moral resistiendo desde “el afuera” las emergentes relaciones capitalistas de producción. Marx, sin embargo, introduce un giro radical a está noción de comunismo como “el afuera” del poder del capital. Si bien el emergente capitalismo derrota con éxito las formas tradicionales de propiedad comunista, Marx sostiene que también crea las condiciones económicas y sociales para que emerja un nuevo comunismo. Marx remueve el concepto de comunismo del reino trascendental de la utopía y la moral, y lo ubica derechamente en el campo de la acción política de la modernidad. Esto implica para él tomar en cuenta la materialidad del proceso revolucionario y considerar las condiciones sociales e históricas que hacen la acción comunista posible. En esta concepción, el comunismo deja de ser un “afuera” y se convierte en un “adentro”. Para Marx, el comunismo emerge inmanentemente, o sea, desde dentro de la dinámica antagonista del capitalismo. Hablando nuevamente desde el psicoanálisis, el comunismo no sería tan sólo el regreso al momento traumático del conflicto original de la acumulación originaria, pero la incorporación de este trauma como palanca de la crisis y la expansión capitalista. El temor al comunismo es precisamente el motor que empuja a la burguesía a modernizarse. En la medida que el empresario capitalista empuja las fuerzas productivas y de cooperación al límite con el objeto de maximizar la ganancia, también crea nuevas relaciones sociales que ofrecen nuevos espacios políticos de iniciativa anti-capitalista. Pero al crecer exponencialmente la resistencia y el potencial comunista con este desarrollo, el momento traumático de la acumulación originaria necesita repetirse constantemente como mecanismo de bloqueo de cualquier curso de autonomía revolucionaria que reúna fuerzas dentro de ese proceso. Esto significa que las fuerzas de producción y cooperación necesitan permanecer firmemente bajo el comando capitalista, mientras nuevos procesos de colonización y privatización se llevan a cabo con el objeto que el comunismo no se transforme de potencialidad en realidad.
Hay ejemplos claros de este proceso en el mundo, y en Chile en particular. Los procesos de reproducción digital y electrónica, así como la Internet, se han convertido en tecnologías propias del desarrollo capitalista contemporáneo, que ha proporcionado suculentas ganancias para todas las grandes compañías del rubro. Sin embargo, las nuevas tecnologías también ofrecen a sus usuarios la posibilidad de reproducir y compartir música, libros y otros bienes culturales con un mínimo o sin ningún costo alguno, burlando el derecho privado de propiedad intelectual y estableciendo de facto un derecho y práctica comunista de propiedad. El capital se hace consciente de este antagonismo y busca resolverlo a su favor, expandiendo y haciendo más sofisticados los mecanismos de dominación colonizando nuestra vida cotidiana. Entre éstos se cuentan los cuerpo jurídico-institucional de orden transnacional como los tratados de libre comercio, que busca fortalecer el derecho privado de propiedad intelectual, obligando a los gobiernos que los contraen a implementar medidas de represión hacia todas las formas de reproducción digital y electrónica que atenten contra ese derecho. Esto significa la supresión de todo tipo de piratería, restricciones en el uso de la fotocopia, restricciones en el uso de material audiovisual en las universidades, control del material de sitios web, entre otras. ¿Es qué no estamos ante la acumulación originaria y la expropiación de lo que nos es común en su versión postmoderna?
Como conclusión, el comunismo debe su poder a la naturaleza espectral de su amenaza. Representa, como diría Lacan, “lo Real fantasmagórico” de la relación capitalista[12]: el comunismo puede ser visto como el movimiento de cooperación que procura la base ontológica desde la cual el capital usurpa el poder productivo del trabajo humano, pero permanece siendo una otredad radical que necesita ser políticamente censurada. Lo paradójico de esta situación, sin embargo, es que en la medida que expresa una esfera de otredad marginalizada y reprimida por el orden simbólico y económico del capitalismo, el exceso creativo y subversivo que siempre genera nos dota de oportunidades y las posibilidades de derrocar al capitalismo. El acto genuinamente comunista entonces, es aquel que libera las esferas virtuales y reales de autonomía y cooperación existentes dentro del capitalismo, de la trampa capitalista misma. Este es el acto que redefine las coordenadas de lo que es percibido como políticamente posible, de tal manera que el antagonismo traumático que funda al sistema, y que una vez fue censurado, vuelva a aparecer y se haga visible en su totalidad. En otras palabras, el verdadero acto comunista expresa su devoción incondicional a la ética de lo imposible como nuestra única elección realista. SEAMOS REALISTAS, PIDAMOS LO IMPOSIBLE.
[1] Slavoj Zizek, Did Somebody say Totalitarianism? Five Interventions in the (Mis)Use of a Notion, Verso, London, 2001.
[2] Slavoj Zizek, The Ticklish Subject: the absent centre of political ontology, Verso, London, 1999, p. 199.
[3] Louis Althusser, ‘It is Simple to be a Marxist in Philosophy’, Philosophy and the Spontaneous Philosophy of the Scientists and Other Essays, Verso, London, 1990, p. 210.
[4] Slavoj Zizek, Did Somebody say Totalitarianism? p. 4.
[5] Id. p. 155.
[6] Id. The Ticklish Subject, p.89
[7] Guy Debord, Society of the Spectacle.
[8] Sigmund Freud, Lo Siniestro, Ed. Americana, Buenos Aires, 1953.
[9] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, Vol 5,Lawrence & Wishart, London, 1976, p. 49
[10] Antonio Negri, Insurgencies: Constituent Power and the Modern State, University of Minnesota Press, 1999, pp. 30-32. See also Negri’s deconstruction of Marx’s Grundrisse in Marx beyond Marx: Lesson on the Grundrisse, Autonomedia, New York, 1991.
[11] E.P. Thompson "Custom, Law and Common Right", Customs in Common, p. 107
[12] Slavoj Zizek, “The Spectre of Ideology”, The Zizek Reader, Elizabeth Wright and Edmond Wright (eds.), Blackwell, Oxford, 2000, p. 167.
Hoy más que nunca el nombrar la palabra comunismo escandaliza, y el escándalo es doblemente complejo. Aquellos que hoy se atreven a llamarse a si mismos “comunistas” no sólo están éticamente obligados a dar cuenta del hecho que el comunismo ha sido asociado con los horrores de los campos de concentración, sino hacer frente a un estado de cosas donde el comunismo mismo ha sido declarado definitivamente muerto por la elite neo-liberal del nuevo capitalismo globalizado. Más preocupante, por otra parte, es el hecho que muchos de los intelectuales y activistas izquierdistas del emergente movimiento contra la globalización capitalista pareciesen compartir sin cuestionamiento esta problematización del comunismo hecha por sus enemigos, identificando el término directamente con el fracaso de la experiencia soviética. Lo mismo sucede en Chile: uno puede estar de acuerdo con el comunismo como postulado de ideas revolucionarias, sin embargo, la palabra “comunista” con todas sus connotaciones locales se vuelve vergonzosa e incómoda, dejando el monopolio político de su significante -casi como si fuese una marca registrada- al partido político que lo endosa como nombre.
¿Pero por qué los revolucionarios hemos de mantener un apego porfiado con la noción de comunismo tanto a nivel de significado como de significante?
La necesidad de este apego emerge del urgente imperativo de encarar el conservadurismo político e intelectual inherente de este período con un acto teórico que a la vez sea un acto de resistencia y militancia. Una de las características ideológicas del actual consenso neo-liberal es el hecho que cualquier forma de planteamiento revolucionario es rápidamente repudiado y ridiculizado como una fantasía delirante, mientras se acepta al capitalismo globalizado como la única realidad posible y deseable. Comenzar a hablar de comunismo nuevamente es parte del intento político e intelectual de alterar substancialmente la relación de fuerzas vigente en nuestra sociedad, de manera que, como protagonistas de un eventual movimiento anti-capitalista, podamos imaginar un mundo que se encuentre más allá de las limitadas opciones políticas que nos ofrece el status quo.
Uno de los mecanismos políticos e intelectuales para provocar este giro es efectivamente recurrir al poder performativo de lo injurioso y de lo imposible, donde la posición menos razonable se transforma en la única garantía de sobrevivencia del acto ético. Y no hay un significante cuyas emanaciones de poder encarne lo más injurioso y lo más imposible como lo hace hoy el comunismo. Como sostiene Zizek en clave lacaniana, desde un punto de vista revolucionario como, de hecho, desde el punto de vista de la política “propiamente tal”, lo verdaderamente real siempre se ubica dentro de lo imposible.[2] Bajo esta mirada, el comunismo se transforma en la enunciación de un exceso semántico, donde se reconoce la palabra como una dimensión directa de las relaciones de poder, contribuyendo a transformar el campo de significación de lo que es considerado políticamente correcto y posible. Esta no ha sido una práctica intelectual y política ajena a los grandes pensadores-activistas del Siglo XX como Lenin y Foucault, y hoy en día es reconocida entre ciertos círculos de revolucionarios como la táctica de “doblar la vara”. Cuando la vara esta doblada para el lado equivocado como es le caso de hoy en día, es necesario, con el objeto de colocar el mundo en su lugar correcto, tomar la vara y doblarla fuertemente en la dirección opuesta hasta que esta quede derecha. Doblando la vara es posible hacer salir del closet a una dimensión del conocimiento que los intelectuales positivistas a menudo no se sienten preparados a reconocer: que la efectividad de decir la verdad tiene una existencia histórica y política, lo que significa que “tras la relación entre simples ideas existen relaciones de fuerza, las cuales colocan ciertas ideas en el poder y otras ideas bajo sumisión”.[3] Dentro del espíritu de esta contienda, restablecer el comunismo como posibilidad no es sólo el intento de reclamarse de un principio de acción, sino que también usar su significante como provocación, como un arma simbólica para destruir la sumisión de la palabra, y de esta manera generar un pensamiento político en un mundo donde la política misma ha sido censurada por el abandono liberal y postmoderno de las narrativas emancipatorias.
Zizek sostiene que la impugnación de totalitarismo hecha al comunismo por los demócratas liberales (y concertacionistas en el caso de Chile) ha demostrado ser el mejor “anti-oxidante” para ayudar a mantener “el cuerpo social en buena salud política e ideológica”. La noción de totalitarismo propuesta por los demócratas liberales se ha transformado en un subterfugio para no involucrarse en una acción y un pensamiento político genuinamente radical. Cada vez que manifestantes anti-capitalistas deciden interrumpir con su movilización las reuniones cumbre organizadas por las instituciones reguladoras del capitalismo globalizado como el APEC o la OMC, los políticos, la policía y los medios de comunicación suelen apelar a los valores de la democracia liberal, etiquetando a los manifestantes como “anti-democráticos” por atentar contra “la libertad de expresión” y “el derecho a reunión” de aquellos que son los mas ricos y poderosos del mundo. Aún más, según Zizek, durante la consolidación del poder neo-liberal en los últimos veinte años, la noción de totalitarismo se ha convertido en una especie de acusación sumaria por parte del liberalismo democrático en contra de los que comienzan a pensar y actuar inspirados por un proyecto político que se oponga al capitalismo existente. Los demócratas liberales acusan encolerizados “no importa qué tan diferente la extrema izquierda es de la extrema derecha, los extremos siempre se juntan en la política del terror”. Desde esta mirada, tanto el comunismo como el fascismo –y quizá ahora el fundamentalismo islámico- conforman el mismo tipo de amenaza a la democracia. Si bien es cierto que el liberalismo democrático se presenta a menudo como una corriente hostil a las desigualdades económicas de nuestra sociedad y están más que felices de condenar las injusticias y guerras del capitalismo, jamás apoyan ningún tipo de acción demasiado radical contra el sistema, prefiriendo denunciar las iniciativas revolucionarias como una potencial utopía sobre la cual se levantará un nuevo totalitarismo.[4]
El problema, argumenta Zizek, es el hecho que, en los últimos veinte años de globalismo neo-liberal, esta postura ha fallado rotundamente en evitar el desarrollo de los horrores totalitarios que clama rechazar. Y has sido así, porque, al reducir lo político simplemente a la práctica pragmática de lo posible, crea las condiciones para el que el totalitarismo emerja sin oposición. Al rechazar un proyecto emancipatorio revolucionario y etiquetarlo de “totalitario”, los pragmáticos del liberalismo democrático se quedan sin ninguna otra alternativa que limitar la acción política a la maniobra oportunista dentro la matriz del sistema de dominación, socavando a su vez las únicas fuerzas sociales y políticas que son genuinamente capaces de contrarrestar a los emergentes neo-totalitarismos, como los de George Bush y el fundamentalismo religioso.[5] El primer pensamiento que muchos tuvimos cuando vimos las torres gemelas colapsando y luego empezamos a escuchar la retórica pesadamente familiar de la “guerra contra el terrorismo”, fue: ¡qué seguro era el mundo cuando manteníamos una conversación con la otredad del comunismo! No importa cuanto, durante el curso del Siglo XX, la idea de comunismo haya sido identificada con represión estatal, ésta fue la que proporcionó la encarnación de la lucha contra el fascismo y las injusticias del mercado. No pretendo desempolvar el estalinismo, ni siquiera el leninismo como alternativas al presente estado de cosas, sino volver a proponer el comunismo como movimiento social que inspiró la imaginación de millones y millones de activistas y revolucionarios y, ofreció una barrera de contención a la guerra y al terror. Esto haciendo la salvedad que jamás fue la Unión Soviética la que en el curso del Siglo XX contuvo el poder imperialista, sino la actividad comunista y auto-gestionada de la multitud en diferentes lugares del mundo. En léxico lacaniano, si bien que a nivel de lo Simbólico el bloque soviético se vanagloriaba de hacer del comunismo una sociedad en construcción, oculto tras este proceso de simbolización estalinistas estaba la herida innombrable de lo Real, por cuanto la palabra revolucionaria era a su vez sangrientamente enmudecida, y el comunismo aprisionado en la camisa de fuerza de la guerra fría, permitiéndole así al capitalismo de estado soviético repartirse el mundo a tajadas con el capitalismo occidental.
El razonamiento detrás de la defensa del comunismo que reclamo como nuestro se distancia sin embargo de la postura habitual de muchos marxistas anti-estalinistas de occidente, los cuales sostienen que “el comunismo no puede haber muerto porque –ya que el bloque soviético representaba en los hechos otra forma de capitalismo y sociedad de clases- este jamás realmente existió”. Lo que quisiera sostener en esta ponencia es precisamente lo opuesto: que más allá de toda la propaganda y distorsiones impuestas sobre su significante por los sospechosos de siempre, el comunismo en efecto siempre ha existido, no en la forma de un partido o un estado, sino más bien como un potencial y una tendencia de autogestión colectiva oculta y reprimida por las relaciones de producción del capitalismo histórico, tanto a nivel simbólico como económico. El problema de explicar las razones del fracaso de la experiencia comunista “oficial” no puede disociarse del problema de reentender un comunismo real. Las revoluciones rusa, mexicana, española, china y cubana deben mantenerse como un fundamento central de una re-emergente política comunista. Esto debe ser así no porque las sociedades post revolucionarias que brotaron de ellas tengan necesariamente características positivas que valga la pena defender y promover, sino más bien porque como activistas anti-capitalistas estamos obligados a reconocer la dirección de lo que, en su devenir y fracaso histórico, estas revoluciones pudieron haberse transformado. Esto es lo Zizek llama –evocando a Walter Benjamín- la “mirada revolucionaria”, la cual entiende la lógica “del acto revolucionario actual como la dimensión redentora de los fallidos intentos emancipatorios del pasado”.[6] En otras palabras, mantener una postura revolucionaria no es decir que el verdadero comunismo no tuvo nada que ver con la “experiencia oficial” de éste, sino con el vislumbrar, descubrir y abrazar lo que estaba “ausente” dentro de esa “experiencia oficial”: el potencial revolucionario que fue derrotado y perdido.
Sin duda alguna que han sido las mismas clases dominantes en diferentes periodos de la historia las primeras que han reconocido el potencial comunista que existe dentro de los mismos antagonismos de clases sobre los cuales se levanta, transforma y tambalea el régimen de propiedad capitalista. En cierta medida, la historia misma del comunismo ha sido la historia de su demonización y des-identificación ideológica por parte de las elites dominantes del mundo capitalista. Sería un error entender esta historia simplemente como propaganda anti-comunista, en vez de una compleja operación discursiva donde el repudio y el temor de las clases dominantes por el comunismo es el contrapunto ideológico de su poderosa presencia. Usando el lenguaje del situacionismo, podríamos afirmar que el secreto de la demonización del comunismo dentro del espectáculo capitalista sólo ocurre al separar el contenido de su representación, y transformar esta última en mera apariencia.[7] Para la elite, ésta ha sido la apariencia aterradora de un monstruo, uno que en su misma vaciedad disfruta de poderes sobrenaturales.
Cómo no recordar las primeras líneas del Manifiesto Comunista, cuando Marx y Engels nos describen el marco mental de la burguesía europea de mediados del Siglo XIX: Un espectro espanta a Europa, el espectro del comunismo. Todos los poderes de la vieja Europa han entrado en santa alianza para exorcizar el espectro. Desde una perspectiva psicoanalítica, la percepción burguesa del comunismo equivale al horror y la ansiedad provocados por lo que Freud define como “lo siniestro”[8], que expresa la angustia infantil de la clase capitalista ante la posibilidad de volver a vivir el momento caótico y traumático de su origen propio de clase poseedora, cuando por medio de la acumulación originaria, una multitud trabajadora fue aplastada y desposeída de la propiedad comunal de los medios de producción para garantizar la emergencia del capitalismo moderno. El espectro del comunismo encarna el retorno de lo reprimido, la otredad monstruosa de la multitud que regresa a resolver y cerrar la separación y el antagonismo creados en el momento original de su desarraigo. Entonces, cuando los neo-liberales insisten que el comunismo ha muerto, no dicen nada realmente nuevo. Si interpretáramos la metáfora marxista del espectro del comunismo literalmente, es posible sugerir, que desde el punto de vista del discurso de la propia burguesía, el comunismo siempre ha sido entendido como una vida después de la vida. En el mundo simbólico del empresario burgués, el comunismo jamás ha existido como una entidad viva sino como resucitación fantasmal de un ser social que está ya muerto, como la figura aterradora de un muerto en vida: el espíritu de los muertos que se levantan desde bajo la superficie del status quo para espantar a sus asesino y devolver el mundo a su orden original. De ahí la necesidad ideológica de enunciar su muerte una y otra vez, como manera de exorcizar el espectro, y hacer desaparecer el cuerpo una vez más, para no dejar evidencia del crimen original y del trauma del antagonismo político del cual el comunismo es significante.
El comunismo es la comunidad potencial, inherente a las contradicciones de clase del capitalismo. La conceptualización inicial del comunismo hecha por Marx y Engels, algo desconocida para muchos marxistas, era precisamente esto: el poder constituyente y radical de la colectividad proletaria, no la última etapa en la historia del desarrollo social de la humanidad. En un pasaje algo ignorado de su libro la Ideología Alemana, Marx y Engels sostienen:
“El comunismo no es para nosotros un estado de cosas que a de ser instaurado, un ideal al cual la realidad tendrá que ajustarse. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que busca abolir el presente estado de cosas. Las condiciones de este movimiento resulta de las premisas ahora existentes”.[9]
En otras palabras, el comunismo, lejos de ser la gran utopía que nos espera al final de la historia, es una dinámica de acción y deconstrucción revolucionaria que ya esta aquí, encarnada vividamente en los antagonismos del presente. Lejos de haber una transición al comunismo, el comunismo es el devenir de la transición misma. ¿Qué quiere decir esto? Que el comunismo, como el “movimiento real que busca abolir el presente estado de cosas”, se refiere a aquellas formas pre-figurativas de relaciones sociales y organización colectiva que anticipan, dentro del entramado de contradicciones del sistema, la abolición de la propiedad privada capitalista. Como lo señala Antonio Negri, la acción comunista no es sólo una actividad subversiva anti-sistema, sino una actividad de constitución política, donde se crean las bases de una nueva sociedad dentro de la estructura organizacional del movimiento social.[10] Lejos de rechazar el materialismo-histórico, esta noción de comunismo lo lleva más lejos, lo intensifica. Hay una lógica comunistas en todo movimiento que por medio de la materialidad de sus prácticas de resistencia busque realizar en el ahora, los objetivos que la tan mentada “transición socialista” mantiene posponiendo ad finitud: la transformación de valores de cambio en valores de uso por medio de la actividad libre y asociativa de los productores, en otras palabras, la producción social dirigida a la satisfacción de las múltiples necesidades humanas, no de .la ganancia de unos pocos.
Bajo esta concepción hay una lógica y una ética comunista que antecede a la Unión Soviética, y antecede a Marx, y hasta a la modernidad misma. Ya el celebre historiador inglés E. P. Thompson señaló las múltiples maneras en que la multitud trabajadora pre-industrial funcionaba bajo normas de acción y reciprocidad colectiva. Estas correspondían a lo que él llamaba –la economía moral de la muchedumbre, donde la fuerza de las costumbres colectivistas protegían el uso compartido de la tierra y los recursos económico, ofreciendo una barrera de resistencia a la continua privatización de los medios de producción impuesta por el colonialismo y el emergente capitalismo industrial.[11] En este caso, lo lógica comunista de la historia, no emerge como un programa político cuidadosamente definido, sino como una modalidad de comportamientos colectivos que autónomamente defendían el derecho común en contra del derecho privado, las necesidades humanas en contra de la ganancia, y una ética del goce en contra de la ética del trabajo. Los ejemplos son muchos: el derecho ancestral indígena, las primeras comunidades cristianas, las comunas piratas en las islas del Caribe, las respuestas heréticas y milenarias al poder de la iglesia y el Estado durante la Edad Media y la modernidad temprana. Enraizadas en fortísimos imaginarios religiosos y morales, estas formas de comunismo de alguna manera pusieron trabas al génesis del capitalismo moderno, contextualizando socialmente su desarrollo, de manera que la transición al nuevo modo de producción nunca estuvo completamente garantizada política y socialmente sin que las clases dominantes expandieran su poder militar, legal e ideológico para aplacar la resistencia de lo que nos era común.
En el contexto de la transición de la sociedad tradicional a la sociedad moderna capitalista, el comunismo se presenta, para usar las palabras de Gilles Deleuze, como un espacio colectivo y moral resistiendo desde “el afuera” las emergentes relaciones capitalistas de producción. Marx, sin embargo, introduce un giro radical a está noción de comunismo como “el afuera” del poder del capital. Si bien el emergente capitalismo derrota con éxito las formas tradicionales de propiedad comunista, Marx sostiene que también crea las condiciones económicas y sociales para que emerja un nuevo comunismo. Marx remueve el concepto de comunismo del reino trascendental de la utopía y la moral, y lo ubica derechamente en el campo de la acción política de la modernidad. Esto implica para él tomar en cuenta la materialidad del proceso revolucionario y considerar las condiciones sociales e históricas que hacen la acción comunista posible. En esta concepción, el comunismo deja de ser un “afuera” y se convierte en un “adentro”. Para Marx, el comunismo emerge inmanentemente, o sea, desde dentro de la dinámica antagonista del capitalismo. Hablando nuevamente desde el psicoanálisis, el comunismo no sería tan sólo el regreso al momento traumático del conflicto original de la acumulación originaria, pero la incorporación de este trauma como palanca de la crisis y la expansión capitalista. El temor al comunismo es precisamente el motor que empuja a la burguesía a modernizarse. En la medida que el empresario capitalista empuja las fuerzas productivas y de cooperación al límite con el objeto de maximizar la ganancia, también crea nuevas relaciones sociales que ofrecen nuevos espacios políticos de iniciativa anti-capitalista. Pero al crecer exponencialmente la resistencia y el potencial comunista con este desarrollo, el momento traumático de la acumulación originaria necesita repetirse constantemente como mecanismo de bloqueo de cualquier curso de autonomía revolucionaria que reúna fuerzas dentro de ese proceso. Esto significa que las fuerzas de producción y cooperación necesitan permanecer firmemente bajo el comando capitalista, mientras nuevos procesos de colonización y privatización se llevan a cabo con el objeto que el comunismo no se transforme de potencialidad en realidad.
Hay ejemplos claros de este proceso en el mundo, y en Chile en particular. Los procesos de reproducción digital y electrónica, así como la Internet, se han convertido en tecnologías propias del desarrollo capitalista contemporáneo, que ha proporcionado suculentas ganancias para todas las grandes compañías del rubro. Sin embargo, las nuevas tecnologías también ofrecen a sus usuarios la posibilidad de reproducir y compartir música, libros y otros bienes culturales con un mínimo o sin ningún costo alguno, burlando el derecho privado de propiedad intelectual y estableciendo de facto un derecho y práctica comunista de propiedad. El capital se hace consciente de este antagonismo y busca resolverlo a su favor, expandiendo y haciendo más sofisticados los mecanismos de dominación colonizando nuestra vida cotidiana. Entre éstos se cuentan los cuerpo jurídico-institucional de orden transnacional como los tratados de libre comercio, que busca fortalecer el derecho privado de propiedad intelectual, obligando a los gobiernos que los contraen a implementar medidas de represión hacia todas las formas de reproducción digital y electrónica que atenten contra ese derecho. Esto significa la supresión de todo tipo de piratería, restricciones en el uso de la fotocopia, restricciones en el uso de material audiovisual en las universidades, control del material de sitios web, entre otras. ¿Es qué no estamos ante la acumulación originaria y la expropiación de lo que nos es común en su versión postmoderna?
Como conclusión, el comunismo debe su poder a la naturaleza espectral de su amenaza. Representa, como diría Lacan, “lo Real fantasmagórico” de la relación capitalista[12]: el comunismo puede ser visto como el movimiento de cooperación que procura la base ontológica desde la cual el capital usurpa el poder productivo del trabajo humano, pero permanece siendo una otredad radical que necesita ser políticamente censurada. Lo paradójico de esta situación, sin embargo, es que en la medida que expresa una esfera de otredad marginalizada y reprimida por el orden simbólico y económico del capitalismo, el exceso creativo y subversivo que siempre genera nos dota de oportunidades y las posibilidades de derrocar al capitalismo. El acto genuinamente comunista entonces, es aquel que libera las esferas virtuales y reales de autonomía y cooperación existentes dentro del capitalismo, de la trampa capitalista misma. Este es el acto que redefine las coordenadas de lo que es percibido como políticamente posible, de tal manera que el antagonismo traumático que funda al sistema, y que una vez fue censurado, vuelva a aparecer y se haga visible en su totalidad. En otras palabras, el verdadero acto comunista expresa su devoción incondicional a la ética de lo imposible como nuestra única elección realista. SEAMOS REALISTAS, PIDAMOS LO IMPOSIBLE.
[1] Slavoj Zizek, Did Somebody say Totalitarianism? Five Interventions in the (Mis)Use of a Notion, Verso, London, 2001.
[2] Slavoj Zizek, The Ticklish Subject: the absent centre of political ontology, Verso, London, 1999, p. 199.
[3] Louis Althusser, ‘It is Simple to be a Marxist in Philosophy’, Philosophy and the Spontaneous Philosophy of the Scientists and Other Essays, Verso, London, 1990, p. 210.
[4] Slavoj Zizek, Did Somebody say Totalitarianism? p. 4.
[5] Id. p. 155.
[6] Id. The Ticklish Subject, p.89
[7] Guy Debord, Society of the Spectacle.
[8] Sigmund Freud, Lo Siniestro, Ed. Americana, Buenos Aires, 1953.
[9] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, Vol 5,Lawrence & Wishart, London, 1976, p. 49
[10] Antonio Negri, Insurgencies: Constituent Power and the Modern State, University of Minnesota Press, 1999, pp. 30-32. See also Negri’s deconstruction of Marx’s Grundrisse in Marx beyond Marx: Lesson on the Grundrisse, Autonomedia, New York, 1991.
[11] E.P. Thompson "Custom, Law and Common Right", Customs in Common, p. 107
[12] Slavoj Zizek, “The Spectre of Ideology”, The Zizek Reader, Elizabeth Wright and Edmond Wright (eds.), Blackwell, Oxford, 2000, p. 167.